Hoy me queda esta voz de tundra
hablando de tu ausencia
como un collar de ecos,
hoy mis ojos se machucan
y dan el jugo que te vió,
viva,
brisa para el valiente,
tormenta para el extraviado.
Hoy soy más extranjero de este mundo
que cuando tus ojos me miraban,
me inventaban con la luz que acariciaban.
Nunca quiero despedirme para no perderme
5.12.2005
4.12.2005
LA IGNORATICA
Nueva York, Waldorf Astoria, 1 de junio.
En la primera audiencia de la tarde de hoy me han presentado al doctor Horeb Naim, quien deseaba pedirme trescientos mil dólares para crear una nueva cátedra en la Universidad de Nuevo Méjico. Ya me había escrito repetidas veces, pero sin querer decirme de qué doctrina o disciplina se trataba. Esta vez le he obligado a hablar con franqueza. Comenzó a decir:
- Usted sabe que existen en nuestro país cátedras para todas las ciencias conocidas y posibles, e incluso para muchas especialidades, subdivisiones y hasta para enseñanzas pragmatistas de actividades prácticas, como la cocina y la vida conyugal. Pero también sabe usted que los conocimientos conquistados y poseídos por el hombre no son más que una fracción minúscula comparados con todo lo que ignoran hasta los más doctos. A pesar de las innumerables cátedras que sustentan el honor de nuestros colleges y de nuestras universidades, aún falta una, tal vez la más importante, la que debería ocuparse de lo que todavía no sabemos y que jamás llegaremos a saber.
»A esta ciencia de la ignorancia he dado el nombre de Ignorática, y pido su protección a fin de que sea creada por lo menos una cátedra para enseñarla. Y me permito añadir que ningún otro podría ocupar esa cátedra con mejor preparación que la mía».
- ¡Idea maravillosa! - exclamé, y le agradezco que me haya elegido precisamente a mí, que estoy mucho más provisto de dinero que de conocimientos, para que sea el mecenas de su Ignorática. Pero, me agradaría que me dilucidara una pequeña y muy legítima curiosidad: si la Ignorática se ocupa de lo que no sabemos, ¿cómo hará para enseñar exactamente aquello que todos ignoran, sin excepción?
El doctor Horeb Naim se acarició la barbilla color sal y pimienta, sacó del bolsillo un espejo redondo en el que contempló su rostro color oliva arabescado por graciosas arrugas y esbozó en sus labios una elegante sonrisa. Luego, jugando con el espejo, me habló así:
- Querido míster Gog, su curiosidad confirma la utilidad de mi proposición. Reconozco que hasta ahora he dicho muy, poco, pero aún quedan muchas flechas en mi carcaj. La Ignorática, como lo expongo en un manual que todavía está inédito, tiene ante sí un vastísimo campo, de modo que nunca faltará materia para mis futuros cursos.
»Ante todo deberá proceder a compilar un diligente inventario de lo que no sabemos. Esta empresa puede parecer desesperada, pero nos atrevemos a realizarla. Hasta las ciencias más adelantadas están saturadas de misterios y de preguntas sin respuesta. Las hipótesis más afortunadas son tentáculos que palpan en el vacío. La astronomía ha realizado progresos maravillosos, pero aún carecemos de una idea precisa y segura sobre el origen y la estructura del universo.
Durante este medio siglo la medicina ha hecho milagros, pero todavía no sabemos cuáles son las verdaderas funciones de ciertos órganos y humores de nuestro cuerpo. La biología ha logrado la dignidad de verdadera ciencia, pero a pesar de todo aún estamos a oscuras respecto de las causas que han determinado las innumerables formas de la vida vegetal y animal.
»Después de este inventario, la Ignorática se propone otro problema: dividir las cosas no conocidas en dos grandes clases: las que presenten una fuerte posibilidad de ser descubiertas en un futuro más o menos lejano y las que probablemente jamás serán conocidas, ya porque se refieren a cuestiones absurdas o mal planteadas, o porque faltan a la inteligencia humana los medios necesarios para descubrirlas.
»Queda una tercera misión para la Ignorática: investigar mediante la historia de las ciencias, de qué modos y con qué métodos se han descubierto las verdades que en el pasado eran ignoradas hasta por los hombres de ingenio poderoso. Esta investigación, de carácter histórico y analítico, no será menos fundamental que las dos anteriores.
»Añadiré para edificación de usted, que la enseñanza oficial de la Ignorática tendrá grandísima repercusión incluso en la esfera de la moralidad, aun cuando ello parezca contradictorio. Demostrando que las cosas ignoradas son mucho más numerosas que las sabidas, se suscitará en los hombres, y especialmente en los jóvenes, un saludable sentido de humildad. Y por otra parte, enseñando cómo la mente humana ha sabido convertir lo ignoto en conocido, y de qué manera podrá hacerlo aún mejor en el porvenir, la Ignorática robustecerá el justo orgullo del hombre pensante.
»Creo haber dicho ya bastante como para responder a su cuestión y para lograr su consentimiento».
He de confesar que el doctor Horeb Naim logró convencerme. Quizá me dejé ir demasiado lejos, pero le entregué una orden de trescientos mil dólares, avalada por mi firma.
- Usted sabe que existen en nuestro país cátedras para todas las ciencias conocidas y posibles, e incluso para muchas especialidades, subdivisiones y hasta para enseñanzas pragmatistas de actividades prácticas, como la cocina y la vida conyugal. Pero también sabe usted que los conocimientos conquistados y poseídos por el hombre no son más que una fracción minúscula comparados con todo lo que ignoran hasta los más doctos. A pesar de las innumerables cátedras que sustentan el honor de nuestros colleges y de nuestras universidades, aún falta una, tal vez la más importante, la que debería ocuparse de lo que todavía no sabemos y que jamás llegaremos a saber.
»A esta ciencia de la ignorancia he dado el nombre de Ignorática, y pido su protección a fin de que sea creada por lo menos una cátedra para enseñarla. Y me permito añadir que ningún otro podría ocupar esa cátedra con mejor preparación que la mía».
- ¡Idea maravillosa! - exclamé, y le agradezco que me haya elegido precisamente a mí, que estoy mucho más provisto de dinero que de conocimientos, para que sea el mecenas de su Ignorática. Pero, me agradaría que me dilucidara una pequeña y muy legítima curiosidad: si la Ignorática se ocupa de lo que no sabemos, ¿cómo hará para enseñar exactamente aquello que todos ignoran, sin excepción?
El doctor Horeb Naim se acarició la barbilla color sal y pimienta, sacó del bolsillo un espejo redondo en el que contempló su rostro color oliva arabescado por graciosas arrugas y esbozó en sus labios una elegante sonrisa. Luego, jugando con el espejo, me habló así:
- Querido míster Gog, su curiosidad confirma la utilidad de mi proposición. Reconozco que hasta ahora he dicho muy, poco, pero aún quedan muchas flechas en mi carcaj. La Ignorática, como lo expongo en un manual que todavía está inédito, tiene ante sí un vastísimo campo, de modo que nunca faltará materia para mis futuros cursos.
»Ante todo deberá proceder a compilar un diligente inventario de lo que no sabemos. Esta empresa puede parecer desesperada, pero nos atrevemos a realizarla. Hasta las ciencias más adelantadas están saturadas de misterios y de preguntas sin respuesta. Las hipótesis más afortunadas son tentáculos que palpan en el vacío. La astronomía ha realizado progresos maravillosos, pero aún carecemos de una idea precisa y segura sobre el origen y la estructura del universo.
Durante este medio siglo la medicina ha hecho milagros, pero todavía no sabemos cuáles son las verdaderas funciones de ciertos órganos y humores de nuestro cuerpo. La biología ha logrado la dignidad de verdadera ciencia, pero a pesar de todo aún estamos a oscuras respecto de las causas que han determinado las innumerables formas de la vida vegetal y animal.
»Después de este inventario, la Ignorática se propone otro problema: dividir las cosas no conocidas en dos grandes clases: las que presenten una fuerte posibilidad de ser descubiertas en un futuro más o menos lejano y las que probablemente jamás serán conocidas, ya porque se refieren a cuestiones absurdas o mal planteadas, o porque faltan a la inteligencia humana los medios necesarios para descubrirlas.
»Queda una tercera misión para la Ignorática: investigar mediante la historia de las ciencias, de qué modos y con qué métodos se han descubierto las verdades que en el pasado eran ignoradas hasta por los hombres de ingenio poderoso. Esta investigación, de carácter histórico y analítico, no será menos fundamental que las dos anteriores.
»Añadiré para edificación de usted, que la enseñanza oficial de la Ignorática tendrá grandísima repercusión incluso en la esfera de la moralidad, aun cuando ello parezca contradictorio. Demostrando que las cosas ignoradas son mucho más numerosas que las sabidas, se suscitará en los hombres, y especialmente en los jóvenes, un saludable sentido de humildad. Y por otra parte, enseñando cómo la mente humana ha sabido convertir lo ignoto en conocido, y de qué manera podrá hacerlo aún mejor en el porvenir, la Ignorática robustecerá el justo orgullo del hombre pensante.
»Creo haber dicho ya bastante como para responder a su cuestión y para lograr su consentimiento».
He de confesar que el doctor Horeb Naim logró convencerme. Quizá me dejé ir demasiado lejos, pero le entregué una orden de trescientos mil dólares, avalada por mi firma.
Giovani Papini
3.14.2005
caracol
El silencio
es la casa que llevo a cuestas
donde al pasar de mis palabras
el eco se enrolla en voces aureas
y soy oído de mi mismo
refugio espiral de mi naturaleza monolítica
a veces
baboso el camino andado
he olvidado si hay algún adonde
por seguir lento
esta vida corta
es la casa que llevo a cuestas
donde al pasar de mis palabras
el eco se enrolla en voces aureas
y soy oído de mi mismo
refugio espiral de mi naturaleza monolítica
a veces
baboso el camino andado
he olvidado si hay algún adonde
por seguir lento
esta vida corta
3.07.2005
Veneno para las musas
Yo soy del paisaje,
soy el blanco detrás de las pupilas que miran
la luz sobre el blanco que también soy,
lienzo,
tensión.
Todo me conmueve como desde fuera,
nada siento mío,
en el ruido de cualquier bar encuentras mis palabras,
bajo el mismo sol que arruga el asfalto me hago viejo,
en la oscuridad de los andenes comparto mi extravío,
no lo niego,
si existo, no soy otro.
Y en este jardín descuidado
de las horas hay un polen que ennegrece,
ceniza,
hay frutos que envenenan a las musas.
soy el blanco detrás de las pupilas que miran
la luz sobre el blanco que también soy,
lienzo,
tensión.
Todo me conmueve como desde fuera,
nada siento mío,
en el ruido de cualquier bar encuentras mis palabras,
bajo el mismo sol que arruga el asfalto me hago viejo,
en la oscuridad de los andenes comparto mi extravío,
no lo niego,
si existo, no soy otro.
Y en este jardín descuidado
de las horas hay un polen que ennegrece,
ceniza,
hay frutos que envenenan a las musas.
3.04.2005
2.26.2005
cafè la blanca
No es cierto que la barra sea de los solitarios, ellos se asoman dos, tres veces antes de decidir entrar a pedir monedas, como una extensión del viejo centro pobre que mete sus narices en este cubo ascético.
De este lado, la vista sería formidable si no fuera la de un puesto de periódicos. Aún es tiempo de moverse al otro lado de la vidriera para ver y ser vistos: se asienta el paseo desde la alameda.
El café es bueno, aunque las envolturas de gansitos y barritas coronando la charola de pan dulce menguan lo académico de la visita.
Me pregunto si también el cilindrero tendrá prohibida su compañía musical dentro del local, no importa, igual desde el umbral de este moderno aparador llegan los sonidos, y porqué no, aquí tiene un tostón compañero
El volumen sube cuando alguien abre la puerta para entrar, ¿al teléfono solamente? Tal vez para eso está, y los habitantes del centro, -que los hay nadie se sorprenda- tienen la costumbre de apropiarse de su ciudad sin pedirle permiso al INHA.
Es miércoles, casi ha acabado de anochecer y la mayor parte de las mesas -las del centro son las menos demandadas, los comensales nos pegamos a las paredes o a las barras- lucen vacío el naranja pinto -color que siempre había ahuyentado mis ganas de entrar- de las sillas con que esta amueblado este espacio como de línea blanca: pásele al refri, y es difícil escoger acomodo al par de chavos que entran desde el bullicio cálido de la calle, donde pasando se va viendo, a la luz fría del espacio a doble altura, oscuro al fondo por el tapanco en desuso, donde uno es el objeto de la curiosidad peatonal.
Las conversaciones más sabrosas parecen venir de las barras, extensiones de la cocina bajo el tapanco con meseros de aspecto pulcro y educado que atienden sus carriles con el esmero propio del uniforme de médico con moño que visten. Parece que en estas barras los clientes se conocen todos, y hacen con los meseros su tertulia llena de novedades inciertas y bocados afirmativos.
Sydney, el mejor reloj, dejó quietas sus manecillas a las 6 y 25 de algún día.
mermelada
De este lado, la vista sería formidable si no fuera la de un puesto de periódicos. Aún es tiempo de moverse al otro lado de la vidriera para ver y ser vistos: se asienta el paseo desde la alameda.
El café es bueno, aunque las envolturas de gansitos y barritas coronando la charola de pan dulce menguan lo académico de la visita.
Me pregunto si también el cilindrero tendrá prohibida su compañía musical dentro del local, no importa, igual desde el umbral de este moderno aparador llegan los sonidos, y porqué no, aquí tiene un tostón compañero
El volumen sube cuando alguien abre la puerta para entrar, ¿al teléfono solamente? Tal vez para eso está, y los habitantes del centro, -que los hay nadie se sorprenda- tienen la costumbre de apropiarse de su ciudad sin pedirle permiso al INHA.
Es miércoles, casi ha acabado de anochecer y la mayor parte de las mesas -las del centro son las menos demandadas, los comensales nos pegamos a las paredes o a las barras- lucen vacío el naranja pinto -color que siempre había ahuyentado mis ganas de entrar- de las sillas con que esta amueblado este espacio como de línea blanca: pásele al refri, y es difícil escoger acomodo al par de chavos que entran desde el bullicio cálido de la calle, donde pasando se va viendo, a la luz fría del espacio a doble altura, oscuro al fondo por el tapanco en desuso, donde uno es el objeto de la curiosidad peatonal.
Las conversaciones más sabrosas parecen venir de las barras, extensiones de la cocina bajo el tapanco con meseros de aspecto pulcro y educado que atienden sus carriles con el esmero propio del uniforme de médico con moño que visten. Parece que en estas barras los clientes se conocen todos, y hacen con los meseros su tertulia llena de novedades inciertas y bocados afirmativos.
Sydney, el mejor reloj, dejó quietas sus manecillas a las 6 y 25 de algún día.
mermelada
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